Todas hemos tenido pretendientes. Algunas más, otras menos, pero todas, incluso en nuestras épocas de lentes de botella y diminutos alambres metálicos en los dientes, hemos tenido a algún chico dispuesto a hacer lo que sea para que lo dejes besarte y tocarte (no es amor, son solo manchas en el pantalón).
Es lindo sentirse halagada, claro, por supuesto. Que te hagan regalos y te inviten a comer y te digan cosas lindas, sí, es lindo. Pero por lo general los chicos que tienen ese tipo de detalles se quedan esperando en la banca de los suplentes por un tiempo largo o tal vez para siempre. No te gusta el cortejo a la antigua, admítelo. A ti te gusta la emoción, la agonía, las jodidas mariposas en el estómago. Llámalo audacia, llámalo estupidez. Lo que tienes claro es que no te gusta el chico que te trae flores y te hace sentir especial, no, te gusta el que no te habla en la fiesta, el que te dice que te va a llamar y luego no te llama, el que coquetea pero te deja siempre con la miel en los labios.
¿Por qué? Porque te gustan los retos. Te gusta sentir que estás conquistando al inconquistable (que curiosamente ya ha sido conquistado antes unas veinte veces). Eso te hace sentir poderosa, una femme fatal. Bien por ti. Lo que no sabes es que ese chico inconquistable va a ser siempre eso, inconquistable. Puede que al final consigas lo que querías, pero lo más probable es que al cabo de un tiempo él necesite sentir que hay otra chica deseando estar con él. Eso difícilmente cambiará, porque si ya sucedió con otras mujeres, sucederá contigo. Él va a seguir siendo eso: el inconquistable.
Entonces puede que cuando vuelvas donde tu pretendiente que te corteja, según tú, a la antigua, ese que te miraba a los ojos y nunca escondió lo que sentía por ti, quizá él ya esté cortejando, así en su estilo de siempre, a otra chica. No estás tan segura de que ella le vaya a corresponder, porque a lo mejor ella está detrás de su chico inconquistable, pero lo que sí sabes es que ya no está detrás de ti y te has quedado, una vez más, sin soga y sin cabra.
Puede que entonces eches de menos las flores y las salidas a comer y todo ese encantamiento a la antigua. Porque al margen de los regalos, tú tienes en cuenta a cada uno de sus pretendientes, desde el más formal hasta el más relajado. Sabes que no eres la única, sabes que las mujeres contamos a cada uno de nuestros pretendientes y les ponemos un sello imaginario en la frente que dice: mío. No les das tanta importancia mientras están ahí, como si fuera para ellos casi una obligación cortejarte (sí, claro), pero cuando alguno de ellos se aburre y se va en busca de otra chica te desesperas como si estuvieras perdiendo a tu novio de cinco años.
Lo quieres todo. Pero sobre todo quieres las jodidas mariposas en tu estómago y, claro, para tenerlas necesitas un chico malo, un chico inconquistable. A las mariposas les gustan los estómagos en los que haya un clima de suspenso. Esos bichitos solo aletean bajo esas condiciones y por supuesto, a muy altas temperaturas.
Es bueno que sepas que las mariposas fueron orugas antes y son sinónimo de emoción, pero no siempre de cosas buenas. Las mariposas a veces son engañadoras y sobre todo altamente adictivas. Por eso es bueno que estés preparada para prescindir de ellas y saber pasarla bien con una buena compañía y un buen vino. La puedes pasar bien sin ellas. Debes saber cómo pasarla bien sin ellas.
Quizás solo así podrás encontrar un amor tranquilo y duradero. Sabiendo que las mariposas a veces vienen, a veces se van, pero tú no vas a seguirlas, tú sabes estar tranquila sin ellas. Tal vez así puedas romper el mito de que a las mujeres solo nos gustan los chicos malos.
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